El primer templario, Hugo de Payns | Historia de los Caballeros Templarios

La Orden de los Pobres Camaradas de Cristo y del Templo de Salomón (en latín: Pauperes Commilitones Christi Templique Salomonici), además llamada la Orden del Temple, cuyos integrantes son populares como caballeros templarios, fue una de las más capaces órdenes militares cristianas de la Edad Media. Se mantuvo activa a lo largo de algo menos de dos siglos. Se creó en 1118 o 1119 por nueve caballeros franceses liderados por Hugo de Payns tras la Primera Cruzada. Su propósito original era asegurar las vidas de los cristianos que peregrinaban a Jerusalén tras su conquista. La orden fue conocida por el patriarca latino de Jerusalén Garmond de Picquigny, que le impuso como regla la de los canónigos agustinos del Santo Sepulcro. Aprobada de manera oficial por la Iglesia católica en 1129, a lo largo de el Concilio de Troyes la Orden del Temple creció de manera rápida en tamaño y poder. Los caballeros templarios poseían como distintivo un manto blanco con una cruz paté roja dibujada en él. Militarmente, sus integrantes estaban entre las entidades mejor entrenadas que formaron parte de las Cruzadas. Los integrantes no combatientes de la orden gestionaron una complicada composición económica dentro de todo el mundo católico. Hicieron, inclusive, novedosas técnicas financieras que conformanuna manera primitiva del moderno banco. La orden, además, edificó una secuencia de fortificaciones por todo el mar Mediterráneo y Tierra Santa.
(Fuente)

La humildad y pobreza de Templarios, queda patente en el Sello y Símbolo utilizado por los Templarios: dos Caballeros templarios montados sobre una cabalgadura.

El sello, plasma la obtenida y traslado de los peregrinos que iban a Jerusalén.

Los Templarios, venían con las cabalgaduras accesibles, a los puertos de Haifa y Tolomeida, a agarrar a los Peregrinos que dirigían a Jerusalén.El reparto de cabalgaduras con los Peregrinos, exigía que dos Templarios compartieran una cabalgadura y cediesen la otra mitad de las cabalgaduras a los Peregrinos. Este símbolo, del cual se hicieron múltiples interpretaciones, se ha utilizado para implicarles tendencias gays, cuando representa: pobreza, humildad y ofrecimiento. Los Caballeros Templarios, renunciaban a toda clase de bienes personales, siendo la Orden la Propietaria de todos los Bienes.

El 13 de octubre de 1307, es la fecha que el Rey de Francia eligio para la ausentación de la Orden del Temple.

El “Folio de Chinon” revela que el papa Clemente V, dio la absolución al Enorme Maestre del Temple, Jacques de Molay y a Godofredo de Charnay, permitiéndoles “recibir los sacramentos cristianos y ser acompañados de un capellán” hasta ser quemados en la hoguera.

La Historia hace Justicia y devuelve a la Orden del Temple, la excelencia y honorabilidad, que se les quiso usurpar, con un injusto Proceso.

HUGO DE PAYNS

Hugo de Payns (aprox. 1070 – 1136) fue el primer Gran Maestre y principal creador de la Orden del Temple y uno de los primeros nueve caballeros.

Sobre su lugar de nacimiento hay muchas controversias, según un acta encontrada en 1.897 afirma que surgió en Mahun, en la Comuna de Saint Simphorien en Ardeche, cerca de Annonay. En otra acta de la Biblioteca de Carpentras, datada de 1.130 se relata como lugar de nacimiento Viniers, otro pueblo de Ardeche, sede de un considerable obispado en esa etapa.

El Historiador Español Juan G. Atienza asegura haber descubierto en los ficheros del siglo XVIII de la Biblioteca Nacional de Madrid; novedades de un tal Hugo de Pinos, nativo de Braga, en la provincia de Barcelona, que, para él, es el verdadero Padre de los Templarios. Pero seguramente hablamos de homónimos y la mayor parte de los estudiosos opina que Hugo surgió en Champagne. Cogeremos para determinar donde surgió la posición más habitual, aunque no entendemos si la verídica, aunque se ve la más posible. Surgió hacia el año 1070 en el castillo de Payns, cerca de Troyes, Francia, y murió en Palestina en 1136. Hijo de Gautier de Montigny y nieto de Hugo I, Señor de Payns, su niñez y su juventud se ven influidas por el ámbito de reforma religiosa que se lleva a cabo en la Champaña. De la ferviente pasión religiosa de Hugo II de Payns es exhibe su corto paso como monje por la abadía de Molesmes, tras la desaparición de su primera mujer Emelina de Touillon, con la que se había desposado hacia el 1090. Fruto de este matrimonio surgió su hija Odelina, futura señora de Ervy.

Vasallo del conde Hugo de Champaña, Hugo II de Payns deja los hábitos y desde el año 1100 se integra totalmente como uno de los más importantes integrantes de la Corte de la Champaña Francesa, uniendo en su persona el señorío de Montigny y el de Payns.

Es muy posible que Hugo II de Payns haga su primer viaje a Tierra Santa junto al conde de Champaña en 1104-1107. Tras regresar de éste, y para contribuir aconsolidar las metas reglas de su señor, casó en segundas nupcias con Isabel de Chappes (entre 1107 y 1111), correspondiente a una de las familias más indispensablesdel sur de la Champaña. Del matrimonio nacieron 4 hijos: Teobaldo, futuro Abad de Santa Colombe de Sens; Guido Bordel de Payns, heredero del señorío; Guibuin, vizconde de Payns, y Herberto, llamado el ermitaño.

El 25 de diciembre de 1.119: adjuntado con Geoffroy de Saint Omer pronuncia enfrente del Rey Badouin II y el Patriarca de Jerusalén Gormón de Piquigny, los tres votos de: castidad, pobreza y obediencia y se compromete a controlar las rutas de peregrinación y los pozos de agua potable. El Rey les brinda un ala de su palacio, ubicado en recinto del obsoleto Templo de Salomón y ahí fundan su sede

.A partir de 1.119 se ve que fijó su vivienda en Jerusalén la pasión religiosa que sentía Hugo II de Payns le llevó a tomar votos de castidad y a partir de nuevo a Tierra Santa, donde desarrolló, un año después, la que llegaría a ser la Orden Militar más relevantede la Cristiandad: La Orden del Temple a la que dio su escudo de armas “una Cruz Paté de gules en campo de plata”

En 1127 Hugo II de Payns vuelve a Europa acompañado por Godofredo de Saint-Omer, Payen de Montdidier, y dos hermanos más, de nombre Raúl y Juan, con el objetivo de reclutar nuevos integrantes para la Orden, tomar posesión de las varias donaciones que fueron otorgadas a esta y para ordenar las primeras encomiendas de la Orden en Occidente (casi todas ellas en la zona de la Champaña). Con el apoyo de Balduino y el Patriarca de Jerusalén, vuelve a Francia, donde obtiene la amistad y los favores de Bernardo de Claraval. Participo en el Concilio de Troyes (1128), de donde salieron los estatus de la novedosa Orden del Temple, redactados bajo los dictados de Bernardo de Claraval.

Hugo de Payns relató en este concilio los humildes comienzos de su obra, que en ese instante sólo tenía nueve caballeros, y puso de manifiesto la urgente necesidad de hacer una milicia con la capacidad de asegurar a los cruzados y, más que nada, a los peregrinos a Tierra Santa, y solicitó que el concilio deliberara sobre la constitución que habría que ofrecer a esa Orden.

Se encargó a San Bernardo, abad de Claraval, y a un clérigo llamado Jean Michel la redacción de una regla que a lo largo de la sesión, fue leída y aprobada por los integrantes del concilio.

Tras el Concilio de Troyes, Hugo II de Payns nombró a Payen de Montdidier Maestre Provincial de las encomiendas sitas en territorio francés y en Flandes, y a Hugo de Rigaud Maestre Provincial para los territorios del Languedoc, la Provenza y los reinos cristianos hispánicos y tras ello, regresó a Jerusalén dirigiendo la Orden que el mismo había desarrollado a lo largo de veinte años hasta su muerte en el año 1136 (el 24 de mayo según el obituario del templo de Reims), realizando de ella una influyente institución militar y financiera en todo el mundo.(Fuente)

Las Reglas de la Orden del Temple

Las Reglas de la Orden eran una amoldación de las de San Benito, adaptadas a la edición reformada por los Cistercienses. Se adopta el hábito blanco, y más adelante se le agrega la cruz roja.

A la Orden del Temple se le conceden las Bulas:

  • En 1139 se le otorga la Omne datum optimum
  • En 1144 se le otorga Milites Templi
  • En 1145 se le otorga Militia Dei (1145)

En los orígenes de la Orden, los caballeros templarios no necesitaban de unas normas muy complicadas ni particulares, para su desempeño, ya que los caballeros eran poco varios. Pero al ir creciendo la Orden obligará a hacer unas ordenanzas internas que regulen la vida parecido de estos caballeros.

La primera Regla, o Regla primitiva, se concretará en tiempos del primer Enorme Maestre, Hugo de Payns. Redactada en latín, la componían 72 artículos. Y fué aprobará en el Concilio de Troyes, en 1129. Más adelante la revisará Esteban de la Ferté, patriarca de Jerusalén. Y, en el lapso del maestrazgo de Roberto de Craon, la regla primitiva se traducirá al francés.

Según Alain Demurguer la preparación de la Regla templaria se compuso de tres fases:

  • En una primera etapa, las normas no estaban escritas y lo primordial por lo cual se caracterizaba era por los votos de castidad, pobreza y obediencia, Ademásestaban bajo el mando del patriarca de Jerusalén y unos elementos disciplinarios y religiosos, equiparables al de los canónigos que oficiaban en el Santo Sepulcro.
  • Una segunda etapa sería la del Concilio de Troyes. En éste se añadirán novedosas reglas: admisión en la Orden, reglamentaciones penales, etc., definiéndose con más claridad el carácter espiritual de la Orden. En el Concilio de Troyes se aprueba, luego de algunas ediciones, la Regla de la Orden El patriarca de Jerusalén añadirá después 24 artículos y revisará una docena: resaltan, entre ellos, la reserva de la cubierta blanca para los caballeros y la reglamentación de la existencia de clérigos, por un tiempo, en el Temple, etc.
  • A esta Regla se le añadirán, después, más artículos o explicaciones, llamados “retraits”, que la complementarán. Los primeros están fechados en la etapa de Beltrán de Blanquefort, y se centran en la jerarquía de la Orden; más adelante, en 1230, y después en 1260, se incluirán nuevos artículos, referentes a la vida en los conventos, a la especialidad, a las sanciones o a la admisión en la Orden. Muchos nuevos agregados llevarán a que la Regla llegue a tener 678 artículos, lo que obligará a redactar ediciones reducidas, traducidas a lenguas vulgares.

Abajo, los 72 artículos que formaron la regla primitiva

Preámbulo

Nos vamos antes que nada a esos que desprecian continuar su propia intención y quieren ser útil, con pureza de arrojo, en la caballería del rey verdadero y supremo, y a los que desean cumplir, y cumplen, con asiduidad, la noble virtud de la obediencia. Por eso les recomendamos, a esos de nosotros que pertenecisteis hasta la actualidad a la caballería secular, donde Cristo no era la exclusiva causa, sino el favor de los hombres, que les apresuréis a asociaros perpetuamente a aquéllos que el Señor eligió entre la muchedumbre y dispuso, con su piadosa felicidad, para la defensa de la Santa Iglesia. Por eso, oh soldado de Cristo, fueses quien fueses, que eliges tan sagrada orden, conviene que en tu profesión lleves una pura diligencia y estable perseverancia, que se conoce que es tan digna y sublime para con Dios que, si pura y perseverantemente se aprecia por los militantes que diesen sus almas por Cristo, merecerán conseguir la suerte; porque en ella nació y floreció una orden militar, puesto que la caballería, abandonando su celo por la justicia, intentaba no proteger a los pobres o iglesias sino robarlos, despojarlos y aun matarlos; pero ocurrió que nosotros, a los que nuestro señor y salvador Jesucristo, como amigos suyos, dirigió desde la Localidad Santa a habitar en Francia y Borgoña, no cesáis, por nuestra salud y propagación de la verídica fe, de sugerir Dios vuestras almas en víctima satisfactorio a Dios. Y es por eso, con todo aprecio y fraternal piedad, y a ruegos del maestre Hugo de Payens, en quien tuvo comienzo la sobredicha milicia, nos juntamos con asistencia de Dios y influyendo el Espíritu Santo, que proceden de distintas viviendas de la provincia ultramontana, en la fiesta de San Hilario, año de la encarnación del señor de 1128, y noveno desde el comienzo de esa milicia, y oímos de boca del mismo hermano Hugo de Payens el modo en que fue establecida esta Orden Militar y, según nuestro comprender y entender, alabamos todo lo que nos aparentaba correcto, y todo lo que tenemos en cuentasuperfluo lo suprimimos. Y todo lo que en esa actividad social no ha podido ser dicho, o referido de memoria lo dejamos, de conformidad y con el dictamen de todo el Cabildo, a la discreción de nuestro venerable padre Honorio y del noble patriarca de Jerusalén Esteban de la Ferté, que conocía mejor las pretenciones de la religión oriental y de los pobres caballeros de Cristo.

Todo lo arriba dicho, en grupo, lo aprobamos. En este momento, ya que un enorme conjunto de religiosos padres se juntaron en aquel concilio y aprobaron lo que hemos dicho, no debemos silenciar estas verdaderas sentencias que dijeron y juzgaron. Por eso, yo Juan Miguel, por la felicidad de Dios, por mandato del concilio y del venerable padre Bernardo, abad de Claraval, a quien se encontraba solicitado este divino asunto, merecí, por felicidad divina, ser escritor de la presente página.

Fueron a la festividad de este concilio Mateo, obispo de Albano, cardenal y legado apostólico, Reinaldo, arzobispo de Reims; Enrique, arzobispo de Sens, y sus sufragáneos Gocelin, obispo de Soissons; el obispo de París, el obispo de Troyes, el obispo de Orleáns, el obispo de Auxerre, el obispo de Meaux, el obispo de Châlons, el obispo de Laon, el obispo de Beauvais; el abad de Vézelay, que luego fue legado apostólico y arzobispo de Lyon; el abad de Citeaux, el abad de Pontigny, el abad de Trois-Fontaines; el abad de SaintDenis de Reims; el abad de Saint-Etienne de Dijon, el abad de Molesmes y Bernardo, abad de Claraval, ya nombrado. Y estaban además maese Aubri de Reims, maese Fulko y varios otros, que sería extenso de contar. De los seglares, el conde Teobaldo, el conde de Nevers y Andrés de Baudemant. Fueron además el maestre Hugo de Payens, que había traido consigo algunos hermanos: frey Rolando, frey Godefroy, frey Geoffroy Bisol, frey Payen de Montdidier, frey Archambaut de Saint-Armand. El maestre Hugues, con sus discípulos, logró entender a los padres las observancias de sus humildes comienzos, y les habló de aquel que dijo:

“Ego principium qui est loquor vobis”, es decir: “Yo que les hablo soy el principio”.

Y quiso el concilio que las normas que fueron dadas y examinadas con diligencia, siguiendo el estudio de la Sagrada Escritura, fuesen puestas por escrito a fin de no olvidarlas nunca, con el apoyo de monseñor Honorio, papa de la Santa Iglesia de Roma, del patriarca de Jerusalén y del consentimiento de la asamblea y por la aceptación de los pobres caballeros de Cristo del Templo que está en Jerusalén.

Empieza la Regla de los pobres

I. Cómo se ha de oír el oficio divino.

Vosotros, que en cierta manera renunciasteis la propia voluntad, y los demás, que por la salvación de las almas militáis sirviendo al Rey supremo con caballos y armas, procurad universalmente con piadoso y puro afecto oír los maitines y todo el oficio divino, según la canónica institución y costumbre de los doctos regulares de la santa iglesia de Jerusalén. Y por esto, ¡o venerables hermanos! a vosotros muy en particular os toca, porque habiendo despreciado el mundo y los tormentos de vuestros cuerpos, prometisteis tener en poco al mundo por el amor de Dios; y así fortalecidos y saciados con el divino manjar, instruidos y firmes en los preceptos del Señor, después de haber consumado y asistido al misterio divino, ninguno tema la pelea, sino esté apercibido para conseguir la victoria y la corona.

II. Que digan las oraciones dominicales, si no pudieren asistir al oficio divino.

A más de esto, si algún hermano estuviere distante o en país remoto en negocio de la cristiandad, (que sucederá muchas veces) y por tal ausencia no oyere el Oficio divino, por los maitines dirá trece padres nuestros, u oraciones dominicales, y siete por cada una de las horas menores, y por las vísperas nueve, respeto a que ocupados éstos en tan saludable trabajo no pueden acudir a hora competente al Oficio divino, pero si pudieren que lo hagan a las horas señaladas.

III. Qué se haya de hacer por los hermanos difuntos.

Cuando alguno de los hermanos muriere, que la muerte a nadie perdona ni se escapa de ella, mandamos que con los clérigos y capellanes que sirven a Dios sumo sacerdote, ofrezcáis caritativamente con ellos y con pureza de ánimo el oficio y misa solemne a Jesucristo por su alma; y los hermanos que allí estuviereis pernoctaréis en oración por el alma de dicho difunto, rezando cien padresnuestros hasta el día séptimo, los cuales se han de contar desde el día de la muerte, o desde que se supiere, haciéndolo con fraternal observancia porque el número de siete es número de perfección. Y todavía os suplicamos con divina caridad, y os mandamos con paternal autoridad, que así como cada día se le daba a nuestro hermano lo necesario para comer y sustentar la vida, que esta misma comida y bebida se dé a un pobre hasta los cuarenta días; y todas las demás oblaciones que acostumbrabais hacer por dichos hermanos, así en la muerte de algunos de ellos, o como en las solemnidades de pascua, del todo las prohibimos.

IV. Los capellanes solamente tengan comida y vestido.

Mandamos que todas las oblaciones y limosnas que se hicieren a los capellanes, o a otros que estén por tiempo determinado, sirvan para todo el cabildo, y que los servidores de la iglesia tan solamente tengan, según su clase, comida, vestido, y lo que cristianamente les diere de su voluntad el Maestre.

V. De cuando muriere uno de los soldados que asisten con los templarios.

Hay también soldados en la casa de Dios y templo de Salomón que viven con nosotros, por lo cual os suplicamos rogamos y os mandamos, con inefable conmiseración, que si alguno de estos muriere, se le dé a un pobre por siete días de comer, por su alma, con divino amor y fraternal piedad.

VI. Que ningún hermano templario haga oblación.

Determinamos, como se dijo arriba, que ninguno de los hermanos perpetuos presuma hacer otra oblación, sino que permanezca día y noche en su profesión con limpio corazón, para que en esto pueda igualarse con el más sabio de los profetas, que en el salmo 115 decía: “Beberé el cáliz de salud e imitaré en mi muerte la muerte del Señor”, porque así como Cristo ofreció por mi su alma, así estoy pronto a ofrecerla por mis hermanos y he aquí una competente oblación, y hostia viva que place a Dios.

VII. De lo inmoderado de estar en pié.

Habiéndonos dicho un verdadero testigo que oís todo el Oficio divino en pié, mandamos no sólo que lo hagáis, antes lo vituperamos, y prevenimos que concluido el salmo Venite exultemus domino, con el invitatorio e himno, todos os sentéis, los débiles como los fuertes, y os lo mandamos por evitar el escándalo; y estando sentados sólo os levantéis al decir Gloria patri concluido el salmo, suplicando vueltos al altar, bajando la cabeza por reverencia a la Santísima Trinidad nombrada, y los débiles basta que hagan la inclinación sin levantarse; al Evangelio, al Te Deum laudamus, y durante los Laudes, hasta el Benedicamus Domino, estaréis en pié, y lo mismo en los maitines de Nuestra Señora.

VIII. De la comida en refectorio.

Creemos que comeréis en refectorio; cuando alguna cosa os faltare y tuviereis necesidad de ella, si no pudierais pedirla por señas, pedireisla silenciosamente, y así siempre que se pida algo estando en la mesa ha de ser con humildad y rendimiento, como dice el apóstol “come tu pan con silencio” y el salmista os debe animar diciendo: “Puse a mi boca custodia o silencio”, que quiere decir: deliberé no hablar, y guardé mi boca por no hablar mal.

IX. De la lectura o lección cuando se come.

Siempre que se coma se leerá la santa lección; si amamos a Dios debemos desear oír sus santos preceptos y palabras; y así el lector hará señal para que todos guarden silencio.

X. Del comer carne en la semana.

En la semana, si no es en el día de Pascua, de Navidad, Resurrección, o festividad de nuestra Señora, o de todos los Santos, basta comerla tres veces o días en ella, porque la costumbre de comerla se entiende es corrupción de los cuerpos. Si el martes fuere de ayuno, el miércoles se os dará comida más abundante. En el domingo, así a los caballeros, como a los capellanes, se les dé dos platos en honra de la santa Resurrección; los demás sirvientes se contentarán con uno y den gracias a Dios.

XI. Cómo deben comer los caballeros.

Conviene en general coman de dos en dos para que con cuidado se provean unos a otros, y no se introduzca entre ellos la aspereza de vida y la abstinencia en todo; y juzgamos justo que a cada uno de dichos caballeros se les den iguales porciones de vino.

XII. Que en los demás días basta darles dos o tres platos de legumbres.

En los demás días, como son lunes, miércoles y sábados, basta dar dos o tres platos de legumbres u otra cosa cocida, para que el que no come de uno coma de otro.

XIII. Qué conviene comer los viernes.

El viernes comerá sin falta de cuaresma toda la congregación, por la reverencia debida a la pasión, excepto los enfermos y flacos; y desde todos Santos, hasta Pascua, a excepción del día del nacimiento del Señor, o festividades de nuestra Señora o Apóstoles, alabamos al que no comiere más que una vez al día; en lo restante del año, si no fuere día de ayuno, hagan dos comidas.

XIV. Después de comer, que den gracias a Dios.

Después de comer y cenar, si la iglesia está cerca, y si no en el mismo lugar, den gracias a Dios que es nuestro procurador, con humilde corazón; y mandamos igualmente que a los pobres se les den los fragmentos, y que se guarden los panes enteros.

XV. Que el décimo pan se dé al limosnero

Aunque el premio de la pobreza es el reino de los cielos, y sin duda será para los pobres, mandamos a vosotros dar cada día al limosnero el diezmo de todo el pan que os dieren.

XVI. Que la colación sea al arbitrio del Maestre.

Habiéndose puesto el Sol, oída la señal según la costumbre de esa religión, conviene que todos vayan a completas. Pero antes de ellas deseamos que tomen una colación en comunidad. Esta refracción la dejamos al arbitrio del Maestre, y que en ella se beba agua o vino aguado como él dispusiere, mas que no sea con demasía, que también los sabios vemos desdicen de su conducta y comportamiento con el uso extremado del vino.

XVII. Que se guarde silencio después de completas.

Acabadas las completas, conviene que se vayan a acostar. Después de salir de ellas ninguno hable en lugares públicos si no hubiere necesidad, y lo que se hablare con su escudero, sea en voz baja. Si alguna vez fuese muy preciso que alguno de vosotros, juntos o separadamente, tuviereis de hablar al Maestre, o al que ejerce sus funciones en casa, del estado de la guerra, o de los negocios del monasterio, por no haber tenido lugar en todo el día, mandamos que se haga con las precisas palabras y guardando el posible silencio, porque escrito está: Que en el mucho hablar no faltará pecado; y que también: la muerte y la vida están en la lengua. En aquella junta prohibimos las chanzas y palabras ociosas que ocasionan rizas; y mandamos que si alguno hubiere hablado con poca atención, rece al irse a acostar un Paternoster con toda humildad y devoción.

XVIII. Los que se hallaren cansados no se levanten a maitines.

Porque no es justo que los que se hallaren fatigados se levanten a maitines, mandamos que con licencia del Maestre o del que ocupare su lugar, descansen, y después canten las trece oraciones señaladas, de suerte que se ajuste a las voces la atención, según lo que dice el Profeta: Cantad al Señor sabiamente; y en otra parte: Tendré presente los ángeles cuando cantare tus alabanzas. Esto sea siempre a arbitrio del Maestre.

XIX. Que se guarde igualdad en la comida.

Léese en las sagradas Letras que se daba a todos según lo que había menester cada uno. Por eso mandamos que no se haga excepción de personas, y no se atienda a más que a las necesidades. Y así el que ha menester menos, dé gracias a Dios, y no se entristezca por lo que a otro dieren; y el que necesita más, humíllese por su flaqueza, y no se ensoberbezca por la misericordia que con él se usa, y así vivirán en paz todos los individuos de este cuerpo religioso. Prohibimos se singularice alguno en las mortificaciones, y mandamos que guarden todos vida común.

XX. Del vestido.

Los vestidos sean siempre de un color, blanco o negro, o por mejor decir de buriel. A todos los caballeros profesos señalamos que en verano y en invierno lleven, por poco que puedan, el vestido blanco; pues dejaron las tinieblas de la vida seglar, se conozcan por amigos de Dios en el vestido blanco y lucido. ¿Qué es el color blanco sino entera pureza? La pureza es seguridad del ánimo, salud del cuerpo. Si el religioso militar no guardare pureza, no podrá llegar a la eterna felicidad y vista de Dios, afirmando el apóstol San Pablo: Guardad con todos paz, guardad pureza, sin la cual ninguno verá al Señor. Mas porque con este vestido no se ha de mostrar vanidad ni gala, mandamos que sea de tal hechura que cualquiera solo y sin fatiga se pueda vestir y desnudar, calzar y descalzar. El encargado de dar los vestidos, cuide que ni vengan largos, ni cortos, sino ajustados al que haya de usarlos. Al recibir un vestido nuevo vuelvan el que dejan, para que se guarde en la ropería, o donde señalare el que cuide de esto, a fin de que se aprovechen para los escuderos, criados y algunas veces para los pobres.

XXI. Que los criados no lleven el vestido o capas de color blanco.

Prohibimos absolutamente que puedan los criados y escuderos usar vestidos blancos, porque de este abuso se siguieron graves inconvenientes. Levantáronse en las partes ultramontanas falsos hermanos unos y otros casados, que se llamaban del Templo siendo del mundo. Éstos pues ocasionaron muchos daños y persecuciones a la caballería. Y los demás criados ensoberbeciéndose causaron no pocos escándalos. Usen pues vestidos negros, o si no se hallaren de este color, vistan del más obscuro y basto que se pudiera hallar.

XXII. Que sólo los religiosos profesos vistan de blanco.

A ninguno pues le sea licito traer mantos blancos o capas de este color, sino a los Caballeros perpetuos de Cristo.

XXIII. Que usen de pieles de corderillas.

Determinamos de común consentimiento, que ninguno use pieles preciosas para vestido común, ni para cobertor de la cama, sino de pieles de corderillos o carneros.

XXIV. Que los vestidos viejos se den a los escuderos.

Procure el ropero distribuir con igualdad los vestidos viejos a los escuderos, criados y a los pobres.

XXV. Que al que quisiese el mejor vestido se le dé el peor.

Si alguno pretendiera, como debido a su persona o con ánimo soberbio, los vestidos mas nuevos y curiosos, por tal pretensión se le den los peores.

XXVI. Que se guarde cantidad y calidad en los vestidos.

Conviene que el que distribuya los vestidos procure darlos ajustados a la estatura de cada uno, y que ni sean más anchos ni más cortos de lo que sea menester.

XXVII. Que el que distribuya los vestidos guarde igualdad.

En lo largo de los vestidos, como se dijo arriba, procure con amor fraternal ajustados a la medida, para que los ojos de los murmuradores y que censuran no tengan que notar. Y en todo considere la justicia e igualdad de Dios.

XXVIII. De los cabellos largos.

Todos, principalmente los que no estén en campaña, conviene que lleven cortado el cabello con igualdad y con un mismo orden, y guárdese lo mismo en la barba y aladares para que no se vea el vicio de la gala y demasía.

XXIX. De las trenzas y copetes.

No hay duda que es de gentiles llevar trenzas y copetes; y pues esto parece tan mal a todos, lo prohibimos y mandamos que ninguno traiga tal aliño. Ni tampoco las permitimos a los que sólo sirven por determinado tiempo en esta Orden. Y mandamos que no lleven crecido el cabello, ni los vestidos demasiadamente largos, porque a los que sirven al Sumo Criador les es muy necesaria la interior y exterior pureza, afirmándolo así cuando dice : Sed puros porque yo lo soy.

XXX. Del número de caballos y escuderos.

Cada uno do los soldados puede tener tres caballos, porque la mucha pobreza de la casa de Dios y Templo de Salomón no da lugar a que por ahora sea mayor el número, a no ser con licencia del Maestre.

XXXI. Que ninguno castigue al escudero que sirve sin salario.

Por la misma causa concedemos a cada uno de los caballeros un escudero solamente. Pero si este sirviere sin estipendio, graciosamente, o por amor de Dios, no le es lícito a alguno maltratarle o castigarle.

XXXII. Cómo se hayan de recibir los que quieran servir en la Orden por tiempo señalado.

Todos los soldados que con intención pura deseen militar en servicio de Dios nuestro Señor en su santa casa por tiempo determinado, compren caballos y armas a propósito para las ocasiones que cada día se ofrecen, y todo lo necesario para este efecto. A más de esto, guardándose igualdad por entre ambas partes, juzgamos útil y conveniente se aprecie el coste de los caballos y se note con cuidado. Désele después con toda caridad y según permitieren las rentas de la casa, todo lo demás que hubiere menester el soldado para sí, o para el caballo y escudero. Mas si por algún suceso perdiere el caballo en servicio de la Orden, el Maestre le dará otro, según permitiere la renta del Convento. Pero llegado el tiempo en que ha de volverse a su patria, el soldado perdone por amor de Dios la mitad del precio de su caballo y la otra parte, si quisiere, puede pedirla a la comunidad y debe entregársele.

XXXIII. Que ninguno obre según su propia voluntad.

Conviene que los religiosos militares, que ninguna cosa buscan y aman más que a Cristo, obedezcan siempre al Maestre en cumplimiento del instituto que profesan por la gloria de Dios o por el temor del infierno. Esta obediencia debe ser tal como si lo mandara el mismo Dios, que es a quien representa el Maestre o el que hace sus veces, y a fin de que pueda aplicárseles lo que dice la Suma verdad: en oyéndome me obedeció.

XXXJV. Si pueden salir por el lugar sin orden del Maestre.

Tanto a los fieles o hermanos perpetuos que renuncian su propia voluntad como a los demás que sirven por término señalado en esta milicia, les rogamos encarecidamente y mandamos que sin licencia del Maestre no anden por el lugar sino es para visitar el Santo sepulcro y demás lugares piadosos.

XXXV. Si pueden ir solos.

Los que salieren con el objeto que se ha dicho en el capítulo anterior, no vayan ni de día ni de noche sin compañía, esto es, sin otro Caballero o religioso de los perpetuos. Cuando estuvieren en el ejército, después que estén alojados, ningún soldado o escudero ande por los cuarteles de los demás para ver o hablar con otro, sino con licencia, como se ha dicho. Y así de común consentimiento ordenamos que ningún soldado de esta Orden milite a su arbitrio, sino que se sujete enteramente a lo que el Maestre ordenare, para seguir aquel consejo del Señor: No vine a hacer mi gusto, sino e! de quien me envió.

XXXVI. Que ninguno busque singularmente lo que hubiere menester para sí.

Mandamos que entre las demás buenas costumbres se observe la de no procurarse cada uno sus comodidades. Ninguno pues de los militares perpetuos busque para sí caballos y armas. ¿Cómo pues se ha de portar? Si sus achaques, o las pocas fuerzas del caballo, o el peso de las armas es de tal suerte que el ir con ellas sea de daño común, represéntelo al Maestre o al que ocupare su lugar, y propóngale con sencillez el inconveniente. Y quede a la disposición o voluntad del Maestre, y, después de él, al arbitrio del mayordomo, lo que hubiere de hacerse.

XXXVII. De los frenos y espuelas.

Mandamos que de ninguna suerte se lleve oro o plata (que es lo especialmente precioso) en los frenos, pectorales, espuelas y estribos; ni sea lícito a alguno de los militares profesos o perpetuos comprarlos. Pero si de limosna se les diere alguno de estos instrumentos viejos y usados, cubran la plata y oro de suerte que su lucimiento y riqueza a nadie parezca vanidad. Pero si los que se dieran son nuevos, el Maestre disponga de ellos a su arbitrio.

XXXVIII. Que las lanzas y escudos no tengan guarniciones.

No se pongan guarniciones en lanzas ni escudos, porque esto no sólo no es de utilidad alguna, antes se reconoce como cosa dañosa a todos.

XXXIX. De la potestad del Maestre.

Puede el Maestre dar caballos y armas y todo lo que quisiere y a quien gustare.

XL. De la cota y maletas.

A nadie se concede tener cota y maleta con propiedad. Ninguno pueda usar de ellas sin licencia del Maestre o del que tiene su lugar en los negocios de casa. En esta disposición no se incluyen los procuradores, y los que viven separados en varias tierras, ni los Maestres provinciales.

XLI. De las cartas.

Ninguno de los religiosos puede recibir cartas de su padre o de cualquiera otra persona, ni entre sí unos de otros, sin licencia del Maestre o del procurador. Después que tuviere licencia, lea la carta delante del Maestre si él quisiere. Si sus padres le enviaren algo, no se atreva a recibirlo sin consentimiento del Maestre. Esta regla no habla con el Maestre ni Procurador de la casa.

XLII. Acerca hablar de la vida pasada.

Si toda palabra ociosa ocasiona pecados, ¿qué podrán responder al Juez riguroso los que hacen gala de sus vicios? Muéstralo bien el profeta. Si algunas veces conviene omitir buenas pláticas por no faltar al silencio, ¿con cuanta más razón, temiendo el castigo del pecado, se han de huir conversaciones impertinentes? Vedamos pues, y con todo esfuerzo prohibimos, que alguno de los religiosos perpetuos se atreva a referir de sí o de otros los desconciertos de su vida seglar, ni las comunicaciones que tuvo con mujeres perdidas; y si alguno oyere a otros tales palabras, hágale callar, y cuanto antes pudiere sálgase de la conversación, y no dé oídos su alma al que pregona tal confesión.

XLIII. Del recibir y gastar.

Si a alguno de los religiosos se les diese sin buscarlo, o de balde, alguna cosa, llévela al Maestre o al despensero. Pero si su padre o algún amigo le diere algo, con tal condición que haya de servir a él sólo, de ningún modo lo reciba sin licencia del Maestre. Nadie sienta que dé a otro lo que a él le presentaren, pues tenga por cierto que si de eso se enoja ofende a Dios. No se contienen en esta regla a los oficiales, a quienes toca cuidar de esto, pero son comprendidos en lo de la cota de malla.

XLIV. De los frenos de los caballos.

A todos es útil este mandato establecido por nosotros para que de aquí adelante se guarde sin excusa. Y así ningún freile se atreva a tener ni hacer frenos de lana o lino para que sirvan a sus caballos. Las riendas podrán ser de estos materiales.

XLV. Que ninguno trueque o busque cosa alguna.

Queda dispuesto que ninguno sin licencia del Maestre pueda trocar cosa alguna con otro religioso, ni buscar o pedir sino cosa de poco precio y estimación.

XLVI. Que ninguno vaya a caza de cetrería.

Opinamos que ninguno debe ir a caza de cetrería, porque no está bien a un religioso vivir tan asido a los deleites mundanos sino oír la divina palabra, estar frecuentemente en oración, y en ella confesar a Dios, con gemidos y lágrimas, cada día sus pecados. Ninguno pues vaya con hombre que caza con halcones y otras aves de cetrería, por las causas que se han dicho.

XLVII. Que ninguno mate las fieras con ballesta o arco.

Conviene a todo religioso andar modestamente, con humildad, hablando poco y a su tiempo, y sin levantar mucho la voz. Especialmente mandamos que ningún religioso profeso intente en los bosques perseguir las fieras con ballesta o arco, ni vaya a este fin con quien cazare, sino para guardarle de los pérfidos gentiles; tampoco incite los perros, ni pique al caballo con intento de coger alguna fiera.

XLVIII. Que maten siempre a los leones.

Porque sin duda se os ha fiado con especialidad a vosotros, y vivís con obligación de arriesgar vuestra vida por la de los prójimos, y borrar del mundo los infieles que persiguen al Hijo de la Virgen, y del León leemos que busca a quien tragar, y que sus garras están siempre contra todos, es preciso que las de todos estén contra él.

XLIX. Que oigan la sentencia que contra ellos se profiriere en cualquier querella.

Sabemos que son innumerables los enemigos de la santa Fe, y que procuran embarazar con pleitos a los que más los huyen. El parecer del Concilio, en esta parte, es que si alguno, en las partes orientales o en otra cualquiera, pidiere contra vosotros alguna cosa, oigáis la sentencia que dieren los jueces correspondientes y amigos de la verdad, y mandamos que sin excusa cumpláis lo que justamente se dispusiere.

L. Que esta regla se observe en todo lo demás

En todas las demás cosas que injustamente os quitaren guardad siempre la regla que antecede.

LI. Que puedan todos los religiosos militares profesos tener tierras y vasallos.

Por divina Providencia, según creemos, se comenzó por vosotros este nuevo género de Religión en los Santos Lugares, para que juntaseis con ella la milicia, y para que la Religión estuviere defendida con las armas para hacer guerra justa al enemigo. Con razón pues juzgamos que si os llamáis soldados del templo tengáis y poseáis (por el insigne y especial mérito de santidad) casas, tierras, vasallos, obreros, y los gobernéis y cobréis de ellos el tributo instituido y señalado.

LII. Que se cuide mucho de los enfermos.

Sobre todo se ha de tener gran cuidado de los religiosos enfermos, y que se les sirva como a Cristo, teniendo muy en la memoria lo que dice en el Evangelio: Estuve enfermo, y me visitasteis. Los enfermos pues se han de sufrir con tolerancia y paciencia, porque sin duda con eso se merece abundante paga de Dios.

LIII. Que se asista a los enfermos con todo lo que hubieren menester.

Mandamos encarecidamente a los enfermeros que con toda atención den lo que fuere necesario para el servicio y curación de cualquier género de enfermedades, según la posibilidad de la casa; a saber, la carne, las aves, y lo demás que sea menester hasta que estén buenos.

LIV. Que ninguno enoje a otro.

Se ha de tener mucho cuidado en no dar uno ocasión de sentimiento a otro, porque la suma clemencia unió con vínculos de hermandad y amor igual a ricos y pobres.

LV. De qué suerte se han de recibir los casados que quisieren entrar en la hermandad.

Permitimos que recibáis en el número de los religiosos a los casados, pero con estas condiciones: que si desean ser participantes del beneficio de vuestra hermandad y comunicación, los dos ofrezcan, para después de su muerte, a la comunidad del capítulo parte de su hacienda y todo lo que adquirieren en este tiempo. Mientras vivan conserven honestidad de vida, y procuren el bien de sus hermanos; pero no lleven el vestido blanco. Si el marido muriere primero, deje su parte a los religiosos sus hermanos, y su mujer se sustente con la otra. Pero tenemos por inconveniente que estos hermanos casados vivan en una misma casa con los que tienen hecho voto de castidad.

LVI. Que fuera de éstas, no se admitan de aquí en adelante otras hermanas.

Peligroso es asociar con vosotros, fuera de las dichas, algunas hermanas, porque el enemigo maligno echó a muchos del camino derecho del Cielo por la conversación con mujeres. Y así, hermanos carísimos, para guardar en su flor la pureza, no se permita de aquí en adelante ese trato y comunicación.

LVII. Que los religiosos templarios no traten con descomulgados.

Temed mucho, hermanos, y prevenid que ninguno de los soldados de Cristo comunique con algún excomulgado en público ni en secreto, ni frecuente sus casas, porque no le comprenda la misma excomunión. Pero si sólo estuviere suspenso, bien podrá comunicar con él y favorecer sus negocios.

LVIII. Cómo se han de recibir los soldados seglares.

Si algún soldado de vida perdida y estragada, u otro cualquier seglar, quisiere renunciar al siglo y sus vanidades, y pidiere ser recibido en vuestra compañía, no se le conceda luego lo que pide, sino, según enseña San Pablo, examínese el espíritu si es de Dios, y de esta suerte sea recibido en la Orden. Léase la regla en su presencia, y si prometiere obedecer con cuidado lo prevenido en ella, (si al Maestre y a los religiosos les pareciera bien el recibirle) convocados y juntos los hermanos, descúbrales y exponga con intención pura su petición y deseo. Después, empero, esté al arbitrio del Maestre el tiempo que haya de permanecer para acabar de probar su vocación, que será con arreglo al género de vida del que solicita ser recibido.

LIX. Que no se llamen todos los religiosos para las juntas secretas.

Mandamos que no se convoquen todos los freiles a consulta, sino solamente a aquellos que al Maestre le parecieren de buen juicio y prudencia. Pero cuando se tratare de otras cosas mayores, como es dar una encomienda, discutir sobre las cosas de la Orden, o recibir algún religioso, entonces, si al Maestre le pareciere convenir, llame toda la congregación, y oído el parecer de todo el capítulo, sígase lo que juzgare mejor el Maestre.

LX. Que recen sin hacer ruido.

Mandamos de común parecer que recen conforme el fervor o devoción de cada uno, sentados o en pié, pero con suma reverencia, con modestia, y sin ruido para no estorbar a los otros.

LXI. Que se tome juramento a los que sirven.

Sabemos que muchos de diversas provincias, así escuderos como criados, desean con pura intención dedicarse por toda su vida al servicio de las almas en vuestras casas. Y así conviene que les toméis por juramento su fe y palabra, no sea que el enemigo ejercitado en hacernos guerra les persuada alguna cosa indigna del servicio de Dios, o los aparte arrebatadamente de su buen propósito.

LXII. Que los muchachos, mientras lo fueren, no se reciban entre los religiosos templarios.

Aunque la regla de los Santos padres permite recibir en los monasterios a los muchachos, no nos parece bien que vosotros os encarguéis de ellos. Pero si alguno quisiere dedicar algún hijo suyo o pariente a esta religión militar, críele hasta que tenga edad para echar esforzadamente, con las armas en la mano, de la Tierra Santa a los enemigos de Cristo. Después, conforme a la Regla, el padre o los parientes llévenle delante los religiosos, y representen a todos juntos su petición, porque mejor es no hacer en la edad primera los votos, que faltar a ellos después en edad madura.

LXIII. Que tengan siempre respeto a los ancianos.

Conviene respetar con piadosa atención a los ancianos, y sobrellevar la flaqueza de sus fuerzas, y no se les dé con cortedad lo que hubieren menester en cuanto lo permitiere la observancia de la regla.

LXIV. De los que andan por diversas provincias.

Los que fueren enviados a diversas provincias, guarden la Regla cuanto sea posible en la comida y bebida, y en todo lo demás, viviendo sin hacerse reprehensibles, para dar buen ejemplo a los seglares. No desdoren de palabra ni obra el instituto de la religión, pero principalmente procuren dar muestras de virtud y buenas obras a los que más de cerca trataren. La casa donde se hospedaren sea de buena y segura fama, y si pudiere ser no falte luz en su cuarto de noche, no sea que a oscuras, lo que Dios no quiera, algún enemigo, fiado en las tinieblas, le dé la muerte. Mandamos que vayan donde supieren que se juntan los militares no excomulgados, pretendiendo en esto no tanto el consuelo espiritual, cuanto la eterna salvación de sus almas. Constituidos pues así los hermanos, que dirigimos a las partes ultramarinas con esperanzas de aprovechamiento, tenemos por loable que a los que quisieren entrar en esta Orden militar, los reciban de esta manera. Júntense ambos delante del obispo de aquella provincia, y oiga el prelado los deseos del que pide entrar en la Orden. Oída pues la petición, el religioso le envíe al Maestre y a los freiles que viven en el Templo de Jerusalén, y si su vida es ajustada y merecedora de tal compañía, recíbanle con toda piedad, si así le pareciere al Maestre y religiosos. Si en este tiempo muriere, hágansele los sufragios como a hermano de esta Orden militar de Cristo, en recompensa de sus trabajos y fatigas.

LXV. Que el sustento se dé a todos con igualdad.

Conviene que a todos los religiosos se les dé el sustento necesario, según la posibilidad de la casa, y con igualdad, porque no parece bien la excepción de personas, bien que es muy necesaria la atención a los que padecen algunos achaques.

LXVI. Que los caballeros templarios posean diezmos.

Creemos que habiendo dejado las muchas riquezas que poseíais os sujetasteis a la pobreza voluntaria. Y así a vosotros, que vivís en comunidad, os concedemos que poseáis algunos diezmos de esta manera. Si el obispo quisiere daros algunos de su iglesia por amor de Dios, de consentimiento de todo el Capítulo se os debe dar a vosotros de aquellos diezmos que se sabe posee la iglesia. Pero si cualquier seglar os quisiere dar la décima parte de su hacienda, obligándola a tal cantidad, sólo con licencia del que presida y de su voluntad, y no a la del Capítulo, se debe distribuir.

LXVII. De los pecados mortales y veniales.

Si alguno en la conversación o en la campaña cayere en alguna falta leve, de su propia voluntad la descubra al Maestre para satisfacer por ella. Culpas ligeras, sino fueren muy frecuentes, castíguense con leve penitencia. Pero si, callando él su culpa, otro se la avisare al Maestre, castíguese con mayor y más rigurosa pena. Mas si la culpa fuere grave, sepáresele de la Comunidad de los demás religiosos, no coma con ellos sino aparte, sujeto en todo a la disposición y arbitrio del Maestre para quedar libre y seguro en el día del juicio.

LXVIII. Por qué delito han de ser despedidos.

Se ha de prevenir primeramente que ninguno flaco, esforzado, poderoso o pobre, si pretendiere sobreponerse y aventajarse a los demás, quede sin castigo. Si no se corrigiere, désele mayor penitencia. Pero si con avisos suaves y amonestaciones no quisiere enmendarse, antes bien se desvaneciere más y más, ensoberbeciéndose, entonces échenle del piadoso rebaño de Cristo, siguiendo al Apóstol que dice: Arrojad de vuestra compañía al malo. Forzoso es arrojar la oveja pestilente de la comunidad de los fieles. El Maestre pues, que tiene el báculo y la vara en la mano (báculo para sustentar los flacos, vara para castigar con celo santo los delitos) no se resuelva a castigar sino con parecer del Patriarca, y habiéndolo encomendado a Dios, no sea, como dice el Máximo, que la demasiada blandura relaje el justo rigor, o la demasiada aspereza desespere los delincuentes.

LXIX. Que desde Pascua hasta todos Santos no vistan sino una camisa de lino.

Por atender al mucho calor que hace en esas partes orientales, dese desde Pascua de Resurrección hasta todos Santos una camisa de lino, y no más, no por obligación, sino por gracia o indulgencia a cada uno, o a aquel digo que quisiere usar de ella. Pero en lo demás del año todos vistan camisas de lana.

LXX De lo preciso para las camas.

De común parecer mandamos que si no es con grave ocasión duerma cada uno en cama aparte. Tenga cada uno su lecho decente, según la disposición del Maestre. Parécenos que basta a cada uno un colchón, almohada y manta. A quien le faltare alguna de estas tres cosas, désele un cobertor o cubrecama y en todo tiempo se le permite una sábana de lino. Ninguno duerma sin camisa ni calzoncillos. Nunca falte luz en el dormitorio de los hermanos.

LXXI. Del evitar la murmuración.

Mandamos que huyáis la emulación, envidias, y murmuraciones como de perniciosísima peste. Procure pues cada uno no culpar ni murmurar de su hermano en ausencia, conforme al consejo del Apóstol: No seas acriminador ni murmurador en el pueblo. Cuando supiere claramente que su hermano ha caído en alguna falta, repréndale a solas y con caridad fraterna y pacífica, para cumplir con lo que manda el Señor. Si no hiciere caso de él, llame a otro para el mismo efecto. Si despreciare el aviso de entrambos, avísele delante de toda la Comunidad, porque sin duda están muy ciegos los que murmuran de otro, y muy desgraciados los que son envidiosos y vienen a caer en los lazos de nuestro antiguo y engañoso enemigo.

LXXII. Que huyan los abrazos de cualquier mujer.

Peligroso es atender con cuidado el rostro de las mujeres; y así ninguno se atreva a dar ósculo a viuda ni doncella, ni a mujer alguna, aunque sea cercana en parentesco, madre, hermana, ni tía. Huya la caballería de Cristo los halagos de la mujer, que ponen al hombre en el último riesgo, para que con pura vida y segura conciencia llegue a gozar de Dios para siempre.

Amen.

LOS TEMPLARIOS Y LAS CRUZADAS

Las cruzadas fueron una sucesión de campañas militares a lo largo de la Edad Media europea contra los musulmanes del Medio Oriente que habían conquistado Jerusalem “Tierra Santa”. En 1076, los musulmanes habían tomado Jerusalén – El más santo de los santos sitios para los cristianos. Jesús había nativo de la cercana Belén y había pasado la mayoría de su historia en Jerusalén donde fue cruxificado. No había lugar de mayor relevencia en la Tierra que Jerusalén para un verdadero católicorazón por la cual los cristianos de Jerusalén la llamaron la “Ciudad de Dios”.

El origen de la palabra Cruzados puede atribuirse a la cruz de tela y utilizada como insignia en la ropa exterior de los que han tomado parte en estas compañía de reconquista de Tierra Santa (Jerusalem). No obstante, Jerusalén fue además muy sustancial para los musulmanes dado que Mahoma, el principal creador de la fe musulmana, porque ahí está la Mezquita de la Roca además llamada la Mezquita de Omar o la Cúpula de la Roca que pertence a los sitios más sagrados de la religión islámica, por ser reconocido como el lugar desde el cual Mahoma ascendió al cielo.

Entonces los cristianos lucharon para recobrar la Tierra Santa (Jerusalem) mientras los musulmanes lucharon para sostener Jerusalén. Estas guerras iban a permanecer200 años desde el año 1095 – 1291.

Durante su estancia inicial en Jerusalén se dedicaron solamente a escoltar a los peregrinos que acudían a los Santos Sitios, y, dado que su poco número (nueve) no dejaba que realizaran actuaciones de más grande intensidad. Se instalaron en el desfiladero de Athlit, desde donde protegían los pasos cerca de Cesarea. De todas formas, hay que tomar en cuenta que se conoce que eran nueve caballeros; pero, siguiendo las prácticas de la etapa, no se conoce precisamente cuántas personas componían verdaderamente la orden al inicio, dado que todos los caballeros poseían un séquito menor o más grande. Se vino a tener en cuenta que por cada caballero habría que contar tres o 4 personas más, por lo cual estaríamos comentando de entre treinta y cincuenta personas, entre caballeros, peones, escuderos, servidores, etc. No obstante, su número aumentó de forma importante a aprobarse la regla, y ese fue el comienzo de la enorme propagación de los “pauvres chevaliers du temple”. Hacia 1170, unos cincuenta años luego de su fundación, los caballeros de la Orden del Templo se extendían ya por tierras de las recientes naciones de Francia, Alemania, Reino Unido, España y Portugal. Su propagación territorial contribuyó a aumentar de enorme manera su riqueza, la más grande en todos los reinos de Europa.

Los templarios participaron de manera destacada en la Segunda Cruzada, a lo largo de la cual protegieron al rey Luis VII de Francia después de sus derrotas frente los turcos.

Hasta tres enormes maestres cayeron presos en combate en un transcurso de 30 años: Bertrand de Blanchefort (1157), Eudes de Saint-Amand y Gerard de Ridefort (1187).

Pero las derrotas frente Saladino, sultán de Egipto, los hicieron retroceder.

Así, el 4 de julio de 1187, en la guerra de los Cuernos de Hattin, que sucedió en Tierra Santa, al oeste del mar de Galilea, en el desfiladero popular como Cuernos de Hattin (Qurun-hattun), el batallón cruzado, formado primordialmente por contingentes templarios y hospitalarios a las órdenes de Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, y de Reinaldo de Châtillon, se enfrentó a las tropas de Saladino. Este les infligió una enorme derrota, donde el enorme maestre de los templarios Gérard de Ridefort cayó prisionero y perecieron varios templarios y hospitalarios. Saladino tomó posesión de Jerusalén y acabó con el reino que había fundado Godofredo de Bouillón. No obstante, la presión de la Tercera Cruzada y las gestiones de Ricardo I de Inglaterra (llamado Corazón de León) lograron un convenio con Saladino para transformar Jerusalén en una clase de localidad libre para el peregrinaje.

Después del desastre de los Cuernos de Hattin, las cosas empeoraron.

En 1244 Jerusalén, que fué recuperada 16 años antes por el emperador Federico II a través de pactos con el sultán Al-Kamil, cayó terminantemente. Los templarios se vieron obligados a alterar sus cuarteles en general a San Juan de Acre, adjuntado con otras dos enormes órdenes monástico-militares: los hospitalarios y los teutónicos.

Las posteriores cruzadas (la Cuarta, la Quinta y la Sexta), a las que además se alistaron los templarios, no tuvieron consecuencias prácticas en Tierra Santa o fueron episodios demenciales (como la toma de Bizancio en la Cuarta Cruzada).

En 1248, Luis IX de Francia (después popular como san Luis) escoge convocar y dirigir la Séptima Cruzada, pero su propósito por el momento no es Tierra Santa, sino Egipto. El error táctico del rey y las pestes que sufrieron los ejércitos cruzados condujeron a la derrota de Mansura y a un desastre posterior en el que nuestroLuis IX cayó prisionero. Fueron los templarios, tenidos en alta cree por sus contrincantes, quienes negociaron la paz y prestaron al monarca la fabulosa suma que componía el salve a realizar los pagos por su persona.

En 1291 se causó la Caída de Acre, con los últimos templarios peleando con su maestre, Guillaume de Beaujeu. Constituyó el objetivo de la presencia cruzada en Tierra Santa, pero no el objetivo de la orden, que mudó su cuartel general a Chipre, isla de su propiedad tras adquirirla a Ricardo Corazón de León, pero que hubieron de devolver al rey inglés frente la revolución de los pobladores.

La convivencia de templarios y soberanos en Chipre (de la familia Lusignan) fue fastidiosa hasta tal punto que la orden participó en la revuelta palaciega que destronó a Enrique II de Chipre para entronizar a su hermano Amalarico. Esto permitió a la orden subsistir en la isla hasta numerosos años luego de su disolución en el resto de la cristiandad (1310).

Los templarios intentarían reconquistar cabezas de puente para traspasar de nuevo desde Chipre en Cercano Oriente. Fue la exclusiva de las tres enormes órdenes de caballería que lo intentó: los hospitalarios y los caballeros teutónicos orientaron sus intereses a otros sitios. La isla de Arwad, perdida en septiembre de 1302, fue la más reciente posesión de los templarios en Tierra Santa. Los amos de la guarnición o fallecieron (Barthélemy de Quincy y Hugo de Ampurias) o fueron apresados(fray Dalmau de Rocabertí).

A la postre, este esfuerzo se revelaría inservible, no tanto por la carencia de medios o de intención como por visto que la forma de pensar había cambiado y a ningún poder de Europa le interesaba apoderarse los Santos Lugares. Los templarios han quedado aislados. De hecho, una de las causas por las que aparentemente Jacques de Molay estaba en Francia cuando lo capturaron era su intención de seducir al rey francés para arrancar una exclusiva cruzada.

(Fuente)

LOS TEMPLARIOS EN ESPAÑA

La Orden, reconociendo Hugo de Payens la consideración que poseía el asegurar los elementos de Occidente, se extendió de manera rápida por Europa, principalmente desde el mencionado concilio de Troyes en Enero de 1129. En Francia e Inglaterra la entusiástica predicación de San Bernardo pudo que entre 1128-1130, la Orden ya gozara de una importantísima base de características y integrantes con las que sustentar sus campañas orientales. En Portugal, poseemos las primeras donaciones en 1128, cuando se le encomienda la defensa del castillo fronterizo de Soures de esta forma como se les brinda distintas características en la retaguardia para su cuidado. En la Corona de Aragón -reinos de Aragón y Cataluña- su presencia además es temprana, datándose en los años 1130-31, en tanto que para Navarra la fecha se retrasa hasta 1133.

En los reinos de Castilla y León su aparición se ve ser más tardía, siempre recordando que la determinante unión de estos dos reinos no se causó hasta 1230. En el reino de Castilla, poseemos su primera referencia como la de un enorme fracaso. Es el episodio de la renuncia del Temple a proteger la villa de Calatrava. Episodio que daría lugar a la construcción de la Orden Militar del mismo nombre, en 1157. Evidentemente antes de esa fecha ya deberíamos tener la existencia de templarios en Castilla, no obstante no hay constancia de esto. En cualquier situación, todo se ve señalar que las primeras donaciones a la Orden tienen que datar de la década de 1140. Aunque haya que postergar la aparición de las primeras encomiendas templarias independientes en los reinos de Castilla y León hasta finales de los 1150, siendo la región de Tierra de Campos una de sus primeros feudos.

El fundamento o funcionalidad de la Orden del Temple en la península hay dos posiciones enfrentadas. Los que defienden que su exclusivo propósito era la extracción de elementos materiales y humanos, para enviarlos a Oriente; y los que defienden que, sin omitir para nada ese papel al que por regla estaban obligados, sí se llegaron a poner en una situación comprometedora activa y militarmente en las campañas de la reconquista. En relación al papel militar, es incuestionable su presencia en varios campos de guerra al servicio de los reyes desde la segunda mitad del s. XII hasta finales del s. XIII, interveniendo inclusive como consejeros reales -junto a los Maestres del resto de las Órdenes Militares-. Hay que resaltar que, aun a costa de una división dentro de la Orden, los Templarios fueron los únicos que se mantuvieron leales a Alfonso X cuando éste se vio enfrentado a su rebelde hijo Sancho, en 1280. De esta forma, el papel militar de la Orden, aunque sólo fuera por el número de efectivos, es imposible contrastar con el de las huestes reales o inclusive el de las Ordenes militares nacionales, como Santiago, Calatrava o Alcántara. No obstante, no debemos olvidar que las Órdenes Militares siempre eran las primeras tropas en estar accesibles frente algún circunstancia y que su moral de combate era muy alta, principalmente reforzada por nuestra Regla, que en la situacion de los Templario estipulaba que ningún integrante de la Orden podía retirarse sin permiso justificado del maestre, si no se enfrentaba hasta con bastante más de 4 contrincantes por cada freire.

La discutida vida de los templarios en el reino de Castilla y León tuvo uno de sus máximos exponentes en la encomienda de Villalcázar de Sirga (Palencia). Ubicada entre Fromista y Carrión de los Condes, en pleno sendero de Santiago y, en inicio, con una significancia económica, se vió cercada de diferentes incógnitas en relación a su crónica y funcionalidad, de esta forma como lo estuvo su propia Orden. No se entiende si llegó a ser fortaleza, poseer torre fortificada o tener algún concepto militar.

¿Qué era una encomienda? No era ni más ni menos que un centro administrativo desde el cual se regía un cierto número de tierras, características y vasallos en sus alrededores. A la cabeza de cada encomienda había un freire encomendador, a cuyas órdenes podían estar otros freires y hermanos religiosos. Debajo de ellos estaban los siervos feudales; y en un escalón intermedio esas personas o caballeros que habiendo decidido contribuir a la Orden bien con su trabajo, bien con su esfuerzo guerrero, para disfrutar de provecho espirituales, pero sin querer complementarse totalmente en ella, se adscribían a ella por tiempo con limite. En un escalón parecido estaban los sargentos, integrantes de pleno derecho de la orden pero que no poseían el estatus de caballero. Las encomiendas podían ser de carácter primariamente barato, militar -en esta situación se articulaban alrededor de un castillo fuerte- o conventual. Por arriba de los comendadores estaban los Maestres provinciales y por arriba de todos ellos el enorme Maestre, con origen en Tierra Santa, lugar donde se asentaba el cuartel general de las Orden.

En 1310, cuando los arzobispados de Santiago y Compostela citan a los caballeros Templarios a comparecer en Medina del Campo para ayudar al desarrollo que se iba a llevar contra ellos y que acabaría en la sentencia de Salamanca, se citan treinta y 4 encomiendas, todas ellas reuniendo numerosas características y/o castillos.

La piedra de toque para su disolución fué las ansias del monarca francés Felipe el Hermoso de quitarse de encima a sus banqueros Templarios, con los que había contraído varias y abundantes deudas -después de haber hecho lo mismo con sus banqueros judíos. El papa dijo abolida la Orden, sus características confiscadas, y sus integrantes pasados a juicio en cada reino ese mismo año, el 22 de Noviembre. En Castilla-León sucedió lo mismo. Se les citó en Medina del Campo en la primavera de 1310 y fueron juzgados en el concilio de Salamanca a finales de ese mismo año. La resistencia, más allá de que contaban con destacables castillos, fue testimonial y no tardaron en ampararse bajo custodia real. En las dos oportunidades, se dió a conocer la inocencia de la Orden y sus integrantes, de las acusaciones vertidas contra ellos. Pero frente la sentencia papal del 22 de Marzo de 1312 se disolvió de hecho la Orden y sus bienes fueron expropiados.

(Fuente)

LA POTENCIA ECONÓMICA DE LA ORDEN DEL TEMPLE

Los caballeros del Temple fueron unos auténticos profesores en el manejo de la letra de cambio inventada por los mercaderes venecianos y genoveses.

Lo hacían del siguiente modo: un viajero deseaba llevar a cabo un viaje de peregrinación o de negocios, se ponía en contacto con los templarios y depositaba en su encomienda más cercana el dinero que calculaba requerir en su movimiento. Los templarios, contra ese dinero, le hacían distribución de un archivo por medio de el cual, el viajero poseía la oportunidad de recobrar sus fondos según fuera necesitándolos, en algún casa templaria de su sendero y en la moneda de curso legal de cada tierra. El archivo era personal, tal es así que, por lo menos supuestamente, quedaba garantizada la seguridad de la fortuna depositada contra cualquier clase de robo o de suplantación.

Métodos como éste, con el añadido de las rentas, de los legados y de las donaciones que hacían frecuentemente los nuevos integrantes, pusieron a los monjes del Temple en circunstancia de ser la capacidad económica más fuerte de Europa y de todo el Mediterráneo. Con el dinero de la orden –no hay que olvidar que sus integrantes hacían voto de pobreza personal–, llegaron a controlar básicamente la economía de los reinos cristianos de Oriente, y a ser los dueños efectivos, en rivalidad con genoveses y venecianos, del comercio marítimo mediterráneo.

La fortuna económica templaria llegó a ser extraordinaria, y sobre ella se hizo todo tipo de especulaciones, desde la afirmación –gratuita e improbable– de que poseían un misterio alquímico, hasta la sospecha –ya más fundada– de que lograron poner en explotación, con el apoyo de mineros germanos, las minas romanas de Coume-Sourde. Sólo hablamos de suposiciones para justificar unos bienes que serían la exclusiva explicación para argumentar su poder y las virtudes de su gestión .

En su actuación peninsular, lo barato jugó además para los templarios un papel preponderante ya desde el inicio de su establecimiento. La producción y la venta de sal en el reino de Aragón estuvo básicamente en sus manos. No hubo acción guerrera donde intervinieran sin la promesa o la promesa de un provecho barato o territorial. En este sentido, ajeno de los objetivos expresados en su regla, se comportaron precisamente igual que algún otro grupo armado, nacional o feudal. En sus posesiones se atribuyeron siempre el derecho de recaudar impuestos locales, sin la necesidad de hablar a nadie, no al rey, ni a las autoridades eclesiásticas superiores, porque el Temple no reconocía en la verdad ningún poder abajo del Papa.

Sin embargo, hay bastante más de leyenda que de verdadera situación en la supuesta fortuna fabulosa del Temple. O por lo menos hay que suponer que, jugando otra vez las significantes del símbolo, todo cuanto se dijo en relación a los bienes templarios, va encaminado más hacia la pista de un tesoro interior –ficticio o real–, que a un hipotético supercapital barato.
Es cierto, completamente cierto, que la orden poseyó varios bienes. Prescindiendo de los datos proporcionados por los estudios completados en Francia, las actas del concilio de Salamanca nos revelan que sólo en el reino de Castilla poseían 12 conventos y 24 bailías. Por su lado, Forey otorga una lista de 36 castillos o conventos templarios en los países que formaban parte de la corona de Aragón en el siglo XIII. Comparándolo con los bienes que por entonces poseían en Castilla o en Aragón, o en Portugal las otras órdenes religiosas, ¿significaba verdaderamente una tan enorme capacidad económica todo ese cúmulo de posesiones?

Cuando la orden poseía ocasión de comprar dinero líquido, se apresuraba a invertirlo en nuevos territorios antes seleccionados. Es de esta forma como cabe sospechar que lograron adquirir en 1303 las tierras de Culla a Guillén de Anglesola por medio millón de sueldos jaqueses. Poco tiempo antes, según lo notifican los documentos, el enorme maestre Jacobo de Molay había regresado de Chipre con todos los fondos de la orden en Oriente. Estos fondos fueron premeditados a la compra de nuevos bienes; y a los templarios de Aragón ha podido tocarles esto, como a los de Francia les permitió la adquisición de novedosas tierras en el valle del Ródano, en Tréveris y en el Beaucaire.

Las encomiendas templarias eran de dos tipos: las hubo dedicadas al cultivo y a la cría de ganado. Otras, ubicadas en sitios más apartados y más inhóspitos, fueron centros iniciáticos de la orden; enclaves en los que muy seguramente se entregaron a la vivencia esotérica. Con las primeras ensayaron –con triunfo, mal que les pesara a los señores feudales y a los reyes– un tipo de convivencia popular nuevo, liberalizando a los hombres de la tierra con vistas a la vivencia futura de un gobierno universal que jamás lograron siquiera proyectar. En las segundas prepararon a los seleccionados de la orden para lograr un conocimiento que se encontraba exactamente ahí, presente y escondido a la vez, en el mismo recinto de la encomienda o en sus proximidades.

En sus establecimientos ciudadanos buscaron además responsablemente la cercanía, la vecindad de los barrios judíos. Sucedía de esta forma en Ponferrada, en Gerona, en Aracena, en Valencia, en Mallorca. Este fué uno de los indicios que hicieron afirmarse a varios historiadores sobre los objetivos baratos y comerciales del Temple. Era muy simple la asociación: los judíos aplicados a los negocios, a la usura y al cobro de tributos. Con ellos, los templarios, banqueros y, ocasionalmente además, almojarifes de las rentas reales. Por otro lado, hay por lo menos una situación que lleva a suponer en otras causas, una situación que se ve como primordial en el momento de calibrar realidades y causas comerciales y económicas de los templarios, una situación donde intervienen de nuevo –aunque parezca mentira–, las causas simbólicas. El tesoro templario estaba, y de todos modos todavía existe. Sólo que no tiene que ver con un tesoro de monedas y piedras hermosas, ni de vasos materialmente importantes. Es otro tipo de tesoro, simbólico como muchos otros símbolos ocultistas que el pueblo ha transmitido sin comprender el concepto exacto de las expresiones.

(Fuente : Extraído del libro La misión secreta de los templarios, de Juan G. Atienza)

LA CAÍDA DE LOS TEMPLARIOS

La caída de los templarios aconteció a inicio del siglo XIV, cuando se inició una persecución contra los caballeros templarios que acabó con la disolución de la orden, y la captura y ejecución de numerosos de sus integrantes. El primordial instigador fue Felipe IV de Francia, “el Hermoso”, que presionó al Papa Clemente V para que disolviese la orden.

El rey Felipe IV de Francia tomo la decisión de terminar con los Templarios por dos razones: por un lado, había heredado una enorme deuda con la orden por el salve de su abuelo, Luis IX, a lo largo de la Séptima Cruzada; además, el poder e predominación de la orden en Francia suponían un obstáculo para el emprendimiento político del rey de una monarquía fuerte que acumulase todo el poder.

Tantas cosas y tan graves llegaban a oídos del Papa sobre los crímenes de los Templarios, que llegó a dudar de su responsabilidad y trató con los cardenales, de llevar a cabo una encuesta formal.

Y como el mismo enorme maestre de la Orden, Jacobo de Molay, reclamara una averiguación en regla a fin de que se demostrase la inocencia de los suyos, determinó el sumo pontífice poner manos en el asunto. Bien conocía Felipe la lentitud de un desarrollo canónico, por eso no quiso aguardar el resultado de la encuesta pontificia. Y de repente, en la mañana del 13 de octubre de 1307, por un golpe de mano que cogió a todos de sorpresa, los esbirros del monarca apresaron a los dos mil templarios de Francia y se apoderaron de sus bienes muebles e inmuebles.

De esta forma el último enorme maestre de la orden, Jacques de Molay, y ciento 40 templarios más fueron apresados y obligados a confesar distintos crímenes bajo tortura. Por ejemplo cosas se les acusaba de sodomía, adorar a Baphomet y protestar de Cristo escupiendo y orinando en la cruz.

Este trámite fue completamente corrupto, ya que los templarios, como integrantes de una orden militar, debían ser procesados por el Derecho Canónigo y no por la justicia ordinaria, y se llevó a cabo sin la autorización del Papa. Por ello mismo Clemente V dijo e juicio íntegramente nulo. Con una nube falsa de crímenes escandalosos y repugnantes se intentó sofocar la impresión habitual de extrañeza y estupor. Varios se dejaron estafar por la publicidad, pero no de esta forma el Papa, que con fecha 27 de octubre fué al rey para reprocharle acerbamente tan horrible atentado. Para evaluar en temas de religión y de fe, el rey no posee rivalidadalguna, y, tratándose de personas eclesiásticas, sólo la Iglesia Romana puede juzgarlas. “Pero tú, hijo carísimo, lo mencionamos con mal, despreciando toda regla y más allá de que nosotros estábamos tan cerca (para que nos consultases), has puesto tu mano sobre la gente y los bienes de los Templarios”. Le comunica la metainstantánea de dos cardenales que le manifestarán su mal, y en cuyas manos tendrá que poner hodie citius quam cras la gente y los bienes incautados. Por el momento no admite duda que Felipe el Hermoso lanzó en carcel a los caballeros del Templo sin licencia ni conocimiento de la Santa Sede. Fué un grave atentado, una infracción de todas las leyes constitutivas de la sociedad en la Edad Media, según las cuales únicamente la Iglesia poseía jurisdicción sobre sus integrantes.

Un hecho que no fué bastantemente relevante y cuya consideración es capital fué el papel que jugó la Inquisición. El confesor de Felipe el Hermoso, Guillermo de Nogaret, era, por ascenso pontificio, inquisidor general del reino y dirigía a esos Padres de su Orden que en cada provincia estaban encargados de castigar la herejía.

Guillermo de Nogaret se transformó en agente de Felipe el Hermoso. Puso la Inquisición al servicio del rey: ordenó a los distintos inquisidores del reino perseguir a los Templarios. Y aquí conviene llevar a cabo una distinción importante: sólo el Papa poseía el derecho de encausar a la Orden entera; por eso los inquisidores formaron desarrollo individualmente a cada templario; de esta forma no se cometía ilegalidad alguna, por lo menos en fachada. El rey no intervenía sino a ruegos del inquisidor general, el cual le suplicaba poner el brazo secular a disposición de la Iglesia. Esto era una detestable hipocresía, pero de parte del rey había rigurosa legalidad. Mas ¿cómo no llevar a cabo recaer la afrenta sobre la cabeza de los inquisidores, que prostituyeron a pasiones humanas su alarmante ministerio y se hicieron cómplices de Felipe el Hermoso? Clemente V no ha podido tolerar esta indigna comedia. Habían abusado de sus derechos inquisitoriales, olvidando sus deberes, y el papa los castigó como indignos, suspendió el poder de los inquisidores en Francia y avocó la causa a su tribunal. Felipe el Hermoso recibió con enormes muestras de cordialidad a los cardenales legados, protestó de su fidelidad a la Iglesia, reconoció totalmente los derechos de la Santa Sede, asegurando poner a su disposición la gente de los Templarios, y se dio por contento de que los bienes de la Orden, en la situación que se demostrase culpable, se empleasen en favor de Tierra Santa.

El rey se encontraba contento, porque en los primeros interrogatorios, hechos con asistencia de la Inquisición, del 19 de octubre al 24 de noviembre de 1307, había obtenido bastante más de lo que hubiera podido imaginar. De los 138 templarios que comparecieron frente el inquisidor general, sólo 4 persistieron en confesar su inocencia y la de la corporación; todos los otros, inclusive los más altos dignatarios, admitieron que al entrar en la Orden se habían hecho reos de blasfemias contra Cristo y de irreverencias contra la santa cruz; dos terceras partes de los sometidos a interrogación aceptaron como verídica la acusación de los ósculos inhonestos; una cuarta parte, algo más o menos, aseguró la incitación oficial a errores contra naturam, pero realizando constar que ellos nunca habían perpetrado tal delito. El mismo enorme maestre, Jacobo de Molay, admitió haber renegado de Cristo y haber escupido a la cruz; más todavía, tuvo la debilidad incomprensible en un caballero de enviar una carta a todos los templarios exhortándolos a confesar los crímenes de que eran acusados, como lo había hecho él.

¿Merecen fe tales confesiones? Ninguna, según observaremos en seguida. Nótese desde este momento que eran comisarios del rey los que hacían el interrogatorio, y aterrorizaban con amenazas de muerte, y por ahora con la tortura, a los presuntos reos; sólo cuando éstos se ablandaban y cedían, asegurando declarar todo, pasaban a los comisarios de la Inquisición, los cuales repetían el interrogatorio y levantaban acta. Nótese además que, si fuesen de todos modos responsables de esos crímenes horribles que figuraban en la lista de Nogaret, lo serían indudablemente de otros errores y herejías semejantes; no obstante, nadie confiesa de sí o de la Orden más crímenes que los que aparecen en el interrogatorio, y aun ésos los declaran en términos tan uniformes y sin alteración de situaciones, que parecen no entender decir otra cosa sino la que les muestran redactada.

De todos métodos, el seguir de Jacobo de Molay revela que, si era un bravo soldado en la guerra, era un cobarde frente los jueces. Débil de carácter y hombre sin cultura y sin letras, se sintió raro y embarazado, no acertando a librarse de los lazos que le tendían los juristas; él se lamentará después de haberse encontrado solo, sin un asesor a quien averiguar.

Cuando llegaron a París los dos cardenales Berenguer Fredol y Esteban de Suizy, enviados por el papa, y lograron comentar con Jacobo de Molay y con los primordiales templarios enjaulados, éstos retractaron lo que habían confesado por miedo a la desaparición frente los inquisidores y manifestaron de su inocencia.

No obstante las buenas expresiones que Felipe había dado al papa y a los cardenales legados, su propósito de procesar y condenar a los Templarios permanecía inmutable. Habiendo consultado a la facultad teológica de París si podía él, con su autoridad regia, apresar a los herejes, encausarlos y castigarlos, la respuesta que recibió fué negativa. Trató entonces de arredrar al Papa propalando contra él graves acusaciones de desidia en su trabajo de sumo pastor y de mal gobierno de la Iglesia. Al servicio del rey en esta operación se puso la pluma del jurista Pedro Dubois, hombre de más fantasía y apasionamiento que moderación y sentido de la verdad. En distintos opúsculos, ya en francés, ya en latín, diseminaba notiticias infamantes de Clemente V, diciendo que era peor que Bonifacio VIII por su simonía y nepotismo; que extorsionaba al clero; que se había dejado sobornar por el dinero de los Templarios, herejes responsables y confesos, a quienes favorecía, oponiéndose al celo católico.

A fin de elaborar aún mejor el ámbito adverso a los Templarios y de presentarse frente el papa como gerente de la voz habitual, citó los estados en general(nobleza, clero y burguesía) para el mes de mayo de 1308 en la localidad de Tours. Los convocados aprobaron unánimemente el parecer del rey, proclamando de forma pública que los Templarios eran dignos de la pena de muerte por herejes y criminales nefandos. El desarrollo eclesiástico, escudado con este voto nacional, fué al acercamiento de Clemente V, con quien festejó una transcendental entrevista en la localidad de Poitiers. En nombre del rey habló el 29 de mayo Guillermo de Plaisians, alter ego de Nogaret, pronunciando un violento alegato enfrente del sumo pontífice y otro de tonos todavía más subidos el 14 de junio.

Apeló después Felipe a medidas más diplomáticas, y, encauzando el negocio en formas canónicas, como si cediera a la intención del Papa, admitió que la causa de los Templarios la instituyese jurídicamente la Iglesia, no el rey; todos los templarios que se hallaban en las prisiones del Estado serían puestos a disposición del pontífice, el cual investigaría su culpabilidad; pero entre tanto, como el Papa no podía custodiar a muchos presos, sólo una sección de ellos serían enviados a Poitiers, quedando los otros por un tiempo en las prisiones del Estado. Los bienes de los Templarios, en caso de ser suprimida la Orden, no se emplearían sino en beneficio de Tierra Santa; por ahora, su gestión debía confiarse al obispo de cada diócesis y a otro agente anunciado por el rey. De hecho, únicamente 72 templarios, bien seleccionados por Felipe y por Nogaret, fueron puestos a disposición del papa en Poitiers. Interrogados enfrente del sumo pontífice, los 72 confesaron que la Orden era culpable, admitiendo los crímenes de que eran acusados con tal desvergüenza, que parecían gozarse en declarar sus delitos.

Impresionado el Papa por estas confesiones, que parecían exentas de toda coacción, comenzó a dudar de la responsabilidad de la Orden templaría y mandó se entablase en regla un desarrollo eclesiástico. Clemente V pretendía que se hiciese distinción entre los crímenes de la Orden en relación tal y los crímenes de la gente particulares. Había, ya que, que llevar a cabo una doble inquisición; la inquisición episcopal, que se efectuaría en cada diócesis, y la pontificia, apuntada por el Papa. La primera podría estar a cargo de una comisión dentro por el obispo con dos delegados del cabildo, más dos frailes dominicos y dos franciscanos, y examinaría a los templarios de aquella diócesis; la sentencia sería dictada por un concilio provincial. La otra pertenecía al sumo pontífice, quien juzgaría al enorme maestre y a los altos dignatarios, y, por último, en un concilio general, que había de festejarse en Vienne, dictaminaría sobre la suerte determinante de la Orden. El 12 de agosto de 1308 intimaba Clemente V a los obispos y arzobispos lo que debían llevar a cabo, y como todos los días que pasaba se persuadía bastante más de la conveniencia de la abolición canónica, el 22 de noviembre dispuso que en todas las naciones fuesen arrestados los Templarios y sus bienes se colocasen bajo la gestión de la iglesia. Sin lugar a dudas pretendía evadir que los reyes se apoderasen de ellos, como lo había hecho al inicio el de Francia.

Mientras los obispos de toda Europa organizaban sus comisiones para el examen de la ortodoxia y moralidad de los acusados, la comisión pontificia, conformada po rtres cardenales y varios otros eclesiásticos, en la mayoría de los casos adictos al rey, dijo abierto el desarrollo el 6 de agosto de 1309. Las audiencias no se inauguraron hasta el 26 de noviembre, en el palacio episcopal de París. Y el primero en comparecer fué Jacobo de Molay. Preguntáronle si se encontraba dispuesto a proteger a la Orden. Respondió que, estando prisionero del papa y del rey, se hallaba en circunstancia complicado para llevarlo a cabo. Cuando le leyeron las confesiones por él hechas antes, se santiguó dos ocasiones lleno de estupor y pidió un período de 12 días para deliberar. Al comparecer por segunda vez, se le logró la misma pregunta, a la que contestó: “Yo soy un pobre caballero sin letras; sólo enfrente del papa diré lo que logre por el honor de Cristo y de la Iglesia”.

Y en el instante de retirarse tuvo un instante de valor, ya que volviéndose hacia el tribunal, exclamó; “Por calmar mi conciencia, yo les diré tres cosas: la primera es que no conozco ninguna religión cuyas capillas e iglesias posean más bellísimos ornamentos que los del Templo; sólo las catedrales nos superan; la segunda, que yo no conozco religión que realice más limosnas que la nuestra ; la tercera, que nadie ha derramado tanta sangre como los Templarios por la fe cristiana”.

Una voz le interrumpió: “sin la fe, de nada se utiliza para la salvación”. Y Molay replicó: «Así es en verdad, pero yo creo en Dios, en la santa Trinidad, en toda la fe católica, unus Deus, una fides, una Ecdesia”. Intervino Nogaret, que se hallaba en la salón, contando una historieta calumniosa de los Templarios palestinenses fundamentada en un supuesto dicho del sultán Saladino. Negó Molay la verosimilitud de tal fábula, ya que él en su juventud había estado peleando en Tierra Santa y nunca había escuchado determinada cosa.

Tras el enorme maestre desfilaron frente el tribunal otros, que, confiando en la imparcialidad de los comisarios pontificios, retractaron las confesiones precedentes y proclamaron la inocencia de la Orden; y tampoco faltaron los cobardes y tímidos, que temblaban frente los jueces, mentían, urdían frágiles composiciones, respondían cautamente o se indignaban y prorrumpían en lágrimas. Uno de los tontos, que creyó poder comentar libremente, no sospechando que los títeres del tribunal estaban manejados por Nogaret y Plaisians, se llamaba Fr. Ponsard de Gisi. Dijo que cuanto él y los suyos habían testificado frente la Inquisición era inválido. “¿Habéis sido torturado?”, le preguntaron. “Sí —respondió—; tres meses antes de mi confesión me ataron las manos a la espalda tan apretadamente, que saltaba la sangre por las uñas, y sujeto con una correa me metieron en una fosa. Si me vuelven a someter a tales torturas, yo negaré todo lo que en este momento digo y diré todo lo que quieran. Estoy dispuesto a padecer algún suplicio con tal que sea breve; que me corten la cabeza o me hagan hervir por el honor de la Orden, pero yo no puedo aguantar suplicios a fuego retardado como los que he padecido en estos dos años de cárcel”.

Era el mes de abril de 1310. Los caballeros del Templo, antes tan abatidos y descorazonados, comenzaban a animarse. Bastante más de 500 de los arrestados en París manifestáronse dispuestos a proteger a su Orden, y podían poner en enorme aprieto a sus contrincantes y acusadores. Bien se percataron de esto los ministros de Felipe el Hermoso, y eligieron sofocar la voz de la realidad con un ágil y violento golpe de mano. Había que atemorizar a todos los presentes a fin de que enmudeciesen o se declarasen responsables implorando perdón.

El juicio definitivo de la gente particulares, según las letras pontificias, debía darlo el metropolitano en el concilio provincial. En el obispado de París, el juicio competía al arzobispo de Sens. Y, lamentablemente para los Templarios, ocupaba entonces la sede metropolitana de Sens Felipe de Marigny, hermano de uno de los más importantes ministros del rey, Enguerrand de Marigny. Deseoso el arzobispo de complacer al monarca, citó precipitadamente el concilio provincial en la localidad de París. Los procuradores de los Templarios enjaulados prescindieron el riesgo y avisaron enseguida a la comisión pontificia; pero el presidente de esta comisión, el arzobispo de Narbona, con fútiles fundamentos se negó a escucharlos. El II de mayo se festejó el concilio provincial, en el cual 54 templarios acusados de relapsos, porque habían retractado su confesión primera y se habían brindado a proteger a la Orden, fueron condenados a muerte sin ser oídos.

Al día siguiente, apilados en unas carretas, fueron transportados fuera de la puerta de San Antonio, entre el bosque de Vincenncs y el molino de viento. Los 54 fueron quemados vivos.

Otros 4 sufrieron poco luego la misma muerte, y otros nueve en la localidad de Senlis. Empavorecidos los otros, no se atrevieron a decir palabra.

Cuando por el 5 de junio de 1311 se cerró la encuesta, los protocolos de todos los interrogatorios llenaban 219 folios de escritura bien densa. Lectura amena para los Padres del inminente concilio Viennense.

Antes de fallecer, Jacques de Molay despotricó a Clemente V y a Felipe IV con estas palabras:

“¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y los dos estaréis muertos antes de un año!”

Y acertadamente, la maldición se cumplió. Clemente V murió el 20 de abril de 1314, solamente un mes después que el Enorme Maestre, en tanto que Felipe IV murió por un derrame cerebral a lo largo de una cacería el 29 de noviembre del mismo año.

(Fuentes:Jesús Sahuquillo Olivares para revistadehistoria.es y http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1410081205-title)

Por fin, tenemos la posibilidad de indicar que, a comienzo del año 2006, fue dado a la luz un archivo reencontrado en los ficheros vaticanos en el que se recopila la absolución del Papa Clemente V a Jacobo de Molay y a los dirigentes de los templarios, archivo que transporta la fecha de 17-20 de agosto de 1308 y que está firmado por numerosos cardenales. El archivo, popular como “folio de Chinon”, puede ser visualizado en la página del Vaticano

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